Mujer árbol.

Mujer árbol.
Acuarela sobre opalina de Esteban Flores "Art Bob Corn"

domingo, 21 de marzo de 2010

Poemilla gráfico







Observa la fluctuante oscilación de nuestro amor: 


engrandece para



disminuir, asi será constantemente...


-Mío-

Poema gráfico

A - le - tar - ga - do,
como linfa d
                         e
                           r

                             r
                               a
                                 m
                                    a
                                       d
                                          a,
                                              bebe mi corazón la amargura de tu ausencia.

-Es mío-

lunes, 8 de marzo de 2010

Soneto de Amor

Como agua cristalina de la fuente
son a veces de puras mis pasiones,
y otras veces mis turbias emociones
semejan la locura del torrente.

Cuando el mar es tranquilo y transparente
se parece a mis suaves sensaciones,
cuando desborda su agua en contorsiones,
remeda el desbocar de mi corriente.

Mi alma que es llorosa, se transforma;
también es visitada por el llanto;
como el agua, es cambiante a cada forma;

pero, dulce o tenaz, se oye su canto
que en murmullos de ola, se conforma
a mareas de amor o de quebranto.

-Guadalupe Amor-

Curioso ensayo.

Breve elogio de la guanábana.

Emprender un elogio frutal demanda severidad. Hay que escribir la verdad sin excederse, sin decaer al ditirambo de la fruta. Hay que recordar que la fruta se pasa, que cuando se pasa ofende la lengua con su sabor dulzón de fermentos y podredumbre. Hay que celebrar la fruta, pero nunca hay que otorgarle ninguna perfección. Hay que elogiarla con elegancia, sin reducirse al panegírico.
   Para elogiar a la guanábana, hay que reconocer primero que es una fruta muy fea. Por su exterior, parece el embrión de un reptil. Parece como que, si se le dejara madurar al sol tropical, le saldrían patas y un hocico y los ciudadanos le podrían llamar entonces cocodrilo. La guanábana, huevo de gran sapo, tiene escamas y la piel gruesa. Nunca, por su exterior, dejaríamos que le hiciera compañía en el frutero a una pera, nunca jamás la dejaríamos a solas con un chabacano. No sabemos qué le haría a una fruta tersa, a una fruta sorosada: quizá la mordiera o la tocara y la hiciera perder su inocencia.
   Para elogiar la guanábana, entonces, hay que elogiarla a solas. Su apariencia la aleja de la comunidad de las frutas. Hay que respetar su aspecto y su lejanía. Podríamos abrirla para hacer su elogio. Por dentro la guanábana es blanca. Su color interno, si nuestras inclinaciones son morales, podría conducirnos a atribuirle bondad. Si la pulpa es como el alma, la blancura inmaculada de la guanábana indica sus altas cualidades. No sólo es blanco el interior de la guanábana. Tiene adentro pepitas negras, envueltas en un película opaca. Las pepitas o huesos, además, son suaves y sueltan un zumo desagradable si uno las muerde. Si nuestras inclinaciones son estéticas, entonces podemos hacer el elogio de la guanábana alabando su interior de claroscuro, su disposición interna de contrastes, las pepitas negras incrustadas en la pulpa blanca, longitudinal y transversalemente en patrón simétrico. No hay estética que no suponga una moral, ni exterior sin relación con su interior . La guanábana, reptil posible, tiene la pulpa, quizá el alma, blanca, pero en su alma blanca hay incrustados huesos negros. Está sola por bondad: por no dar a los otros sus semillas de malignidad. De esta conclusión, podríamos proseguir y comparar las guanábana con el cuento antiguo de la bella y la bestia y con su aplicación romántica, la novela parisina del jorobado. De esta comparación, por sí sola, se puede suponer ya la redención de la guanábana: habrá una fiesta en el frutero en que las frutas recibirán entre ellas a la que hasta ahora está sola. Mientras esa fecha se cumple, hay que elogiar la guanábana por su masedumbre. En las juguerías, establecimientos numerosos, pequeños y deliciosos, se deja cortar por el juguero. No opone resistencia y en cuchillo la separa en dos mitades, dejándola lista para licuar y moler y batir con ella preparaciones diversas. De esas preparaciones las más conocidas son las que se hacen con agua, las que se hacen con leche y un híbrido, el esquimo. Hay que evitar, si se quieren saborear las cualidades espirituales de la guanábana, que el juguero le ponga canela en polvo a sus preparaciones. La canela, como nos informa cierta poesía mexicana modernista, tiene virtudes exóticas, un no sé qué amoroso, que opaca al reptil manso, a la fruta solitaria. El sacrificio de la fruta fea es reconocido por la gente, que pide aguas y licuados de guanábana.
   Se nos dirá que no la piden por eso, sino por su sabor. Contestamos: ¿a qué sabe pues la guanábana? Como la ciencia de los sabores tiene un léxico equívoco, podemos decir que sabe a masedumbre, a sacrificio, a redención. El esquimo de guanábana se deja partir por el cuchillo del juguero  para no madurar, para no hacerse un lagarto y no pervertir a las ciruelas ni a los mangos. 
  


-De Mauricio Sanders en Nostalgia del vapor y otros ensayos nones, pág. 38.

Poema simple

Con nostalgia.


A veces me convenzo de que entre tú y yo
lo mejor es la distancia y el silencio,
la una, porque nos permite construir con pensamientos
lo que con manos y besos no encontramos,
el otro, porque con él evitamos lacerarnos.

Y sin embargo aún me queda la ansiedad y la nostalgia
que veía en tus labios incendiados,
perfectos para romperse en mis labios de agua,
en mis mejillas asustadas y en cada una de mis palabras.

Con recelo resguardo esa nostalgia,
esa ansiedad, esa distancia y ese silencio
en los vientres polimórficos de frascos de
de colores cálidos.

Y es que la verdad me tiene sin cuidado
tu noche oscura de luna ciega.



-El poema es mío, la ilustración, de mi amiga Diana García-

jueves, 21 de enero de 2010

Breve cuento.

Estuvo en la guerra.

De pronto, todas las cabezas desaparecieron. Abrió más los ojos. Trató de perforar con la mirada la luz de los reflectores implacables. Sobre el campo, los jugadores corrían en todas las direcciones. Un sordo, pavoroso clamor envolvía sus cuerpos sin cabezas. Agitaban sus brazos confusamente. Como si dirigieran su propia macabra danza. La danza macabra.
    Él estaba tenso. El ruido martilleaba sus tímpanos. Creció su miedo. Ahora los rostros giraban en la cancha. Reflejaban un terror indescriptible. Su propoio terror. No persiguien la pelota. Huían desesperados. Brincaban absurdamente. Con el salto mortal del soldado. Desaparecían. Volvían a emerger. Volaban. Destruidos en pedazos al chocar unos contra otros.
    Empezó  a oír el graznido de las ametralladoras. El ruido del mar. EL ruido del miedo. El silbatazo del ataque. Y gritos. Gritos espantosos que le taladraban la espina dorsal. ¿Llegaría a disparar por fin el cañón camuflado bajo la malla del arco?
    Reaparecieron las cabezas y los cuerpos. Las cabezas subían y bajaban las gradas. Saltaban a la izquierda y a la derecha. Uno, dos,. Uno, dos. A la derecha y a la izquierda. Uno, dos.
    Rodaban unas sobre otras. Saltaban unas sobre otras. Uno, dos. Lo aplastaban. Iban a aplastarlo. Uno, dos. Y los gritos...
   Se lanzó por las escaleras. A ganar la playa. A esconderse en las trincheras. La salida. A empellones. Empujando los cadáveres móviles que cerraban el paso.
    La puerta. La plaza. Arriba, siempre el cielo. El cielo.
    Detuvo un taxi: al hotal.
    Cerró los ojos. Los abrió de nuevo. ¿Y el chofer? Había desaparecido. Él iba solo sobre el tanque que devoraba las avenidas. Traspasaba los muros. Se estrellaba contra los árboles. Mil reflectores enfocaban su marcha. Más a prisa. Aprisa.
    Luego lo de siempre: el silencio largo.
    "¿Le pasa algo?"
    Pagó. Entró en el hotel. A su cuarto.
    Se desplomó sobre la cama.
    A gemir la paz definitivamente perdida en él.

-Cuento de Edmundo Valadés en La muerte tiene permiso.-
 

Eugenia León cantando el tango "Pasional" de Pepe Crow.





No sabrás, nunca sabrás
lo que es morir mil veces
de ansiedad;
no podrás nunca entender
lo que es amar y enloquecer.
Tus labios que queman,
tus besos que embriagan
y que torturan mi razón…
Sed que me hace arder
y que me enciende el pecho de pasión.
Estás clavado en mí,
te siento en el latir
abrasador de mis sienes,
te adoro cuando estás y
te amo mucho más
cuando estás lejos de mí.

Tengo miedo de perderte,
de pensar que no he de verte…
¿Por qué esa duda brutal?
¿Por qué me habré de sangrar,
si en cada beso te siento desmayar?

Sin embargo me atormento
porque en la sangre te llevo;
y en cada instante, febril y amante
quiero tus labios besar.

Te quiero siempre así…
estás clavado en mí
como un puñal en la carne
y ardiente y pasional
temblando de ansiedad
quiero en tus brazos morir.